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viernes, 18 de noviembre de 2011

Skeptikos, del gr. pensativo

Hoy ha llegado al buzón algo que nunca antes había visto. Un papelito, pequeño y doblado como uno de esos telegramas que antes se enviaban. Es del censo. En él aparecen su nombre y apellidos, algún que otro número y la dirección de un colegio.

¿Y hay que ir de verdad tan lejos? Es que tengo muchas cosas que hacer— me dice.

Yo me encojo de hombros y callo. Y yo qué sé si hay que ir. Se supone que es mayor. Se supone que es libre para hacer lo que quiera.

Y, Ángel, tú, ¿A quién vas a votar?

Parece que hoy no podré comer tranquilo viendo la tele. Vaya por Dios.

Pues no lo sé. No sé a quién voy a votar, la verdad. Por falta de publicidad no es. Están hasta en la sopa. Tampoco por falta de información. En mi deseo de saber y gracias al tiempo libre, me tragué algún que otro programa electoral. O más bien me atraganté con ellos.

Y ahora dime, en serio, ¿crees que todo esto vale para algo? ¿Que el mundo cambiará por un voto?

¿Por qué me tuvo que tocar a mí la preguntona? Tampoco sé si esto vale para algo, lo reconozco. Me gusta pensar que es útil. Que puedo cambiar las cosas. Que está en mis manos ir a mejor.  Pero no lo sé. Si no lo veo, no lo creo. Todo seguirá igual. Eterno retorno. ¿O no?

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Ruinas

Nací un 25 de marzo. Un día como otro cualquiera me diréis y tendréis toda la razón. El sol salió y se puso como los demás 364 días del año. Nada nuevo.

Para mí, sin embargo, es un día que tiene algo especial. Quizás porque se celebre la Anunciación, cuando la Virgen recibió la visita de un tocayo mío. O porque el rey Hussein de Jordania fue coronado esa fecha (ya veis lo que me importa, con todos mis respetos por el augusto en cuestión). O, a lo mejor, porque en Grecia se celebra la independencia, el día en que un puñado de bandidos y mercaderes exiliados se levantaron en armas contra el yugo otomano.

Y muchos os preguntaréis ¿y este qué nos está contando? Os lo explico.

No pertenezco a ningún lugar y a la vez pertenezco a dos tierras distintas pero parecidas: Grecia y España. Llevo por mis venas el salitre del Egeo y los campos de Castilla. No es quizás el mejor momento para decirlo, pero sí, mis raíces se extienden por dos de los cerdos de Europa.

¿Qué os voy a contar que sea nuevo? Nada. Grecia se hunde, tiene una deuda enorme que supera con mucho la capacidad anual de producción del país. Se lo merecen piensan muchos. Por ladrones, por corruptos y parásitos. Ese estilo de vida mediterráneo era insostenible. Vale, puede que tengan razón, no lo sé. Lo que sí sé, y de primera mano, es que gente como yo, que ha dedicado su vida al estudio y al trabajo ve ahora su existencia abocada a la miseria más absoluta, a una pobreza que no se merecen.

Y la tragedia no es sólo griega lamentablemente. Ya se ha abatido sobre otras capitales, la última Roma. El país está al borde del rescate en este momento. Y todo indica que la catástrofe no se detendrá allí. Por lo que apuntan las previsiones, su siguiente destino será España, el último gorrino en pie.

No soy ningún experto, sé más bien nada de economía. Pero me pregunto, como hombre libre, ¿por qué tanto sufrimiento, tanta hambre, tanto dolor en un mundo que produce más de lo que necesita? ¿Quiénes son esos mercados, esas agencias de especulación que en las sombras parecen dirigir a países y pueblos enteros hacia la ruina, y que cambian gobiernos en cuestión de horas, minutos y segundos? A lo mejor ellos no son culpables de nada y los verdaderos artífices de todo este jaleo seamos nosotros mismos, con el sistema que hemos creado, que tanto nos ha beneficiado y del que tanto hemos obtenido.

Necesito respuestas, alguien a quien señalar, alguien a quien mirar a la cara.

Grecia, mi otra mitad, arde ya en llamas. No parece haber solución alguna, y el fuego arrasa todo a su paso. El gasto, la ambición y el poder engullen el país y nadie puede escapar de sus fauces de acero. Las mismas que hace no mucho trajeron la prosperidad.

Mientras tanto, desde lo alto de la ruinosa colina, Atenea contempla el espectáculo y menea la cabeza dando un largo suspiro.




sábado, 17 de septiembre de 2011

Testimonio JMJ 2011

Ante el ahogo, confía

Publicado originalmente en http://jovenesdehonianos.blogspot.com/


Por fin se acabó todo. No veía la hora de que la espiral de calor, gente, cansancio y nervio terminara. Apuesto a que este ha sido el pensamiento de muchos voluntarios durante estos pasados días de agosto.

Es difícil coordinar a dos personas, así que imaginad lo imposible de organizar a 350. Repartir, guiar, explicar, traducir…agobio para todos, lo regalamos.

Fue una carga pesada sobre nuestros pobres hombros. Parecía que arrastrábamos una pesada piedra por un camino interminable, salpicado de reuniones continuas, malentendidos y despistes. A cada recodo, a cada curva, nuevos obstáculos. Normal que en ciertos momentos, agotados, abrumados decidiéramos soltar la carga y explotáramos como llenos de pólvora.


Sin embargo, ya todo ha acabado. Hemos llevado el peso hasta la meta y ya podemos descansar. Del esfuerzo realizado ya sólo quedan recuerdos, imágenes y, en mi caso, cierta satisfacción por la labor que hemos hecho.

Bueno, vale, no todo salió al pie de la letra, tal y como fue planeado, pero ¿a quién le importa? Al fin y al cabo la vida nunca sale como queremos. No se prevén los desmayos, ni los retrasos, ni los extravíos…pero también ellos son parte de la vida.

Seguro que muchos ya estarán trabajando y ya queda poco para el comienzo de un nuevo curso. Vuelta al cansancio, al nervio, la prisa y el agobio. No obstante, los que estuvimos allí somos distintos, o al menos a mí me gusta pensar así. Vendrán tiempos duros, de esfuerzo, pero saldremos adelante como hemos salido de estos días. Porque Él nos acompañará y ayudará como hizo esta vez. No te ahogues. Confía. Dale la mano y camina hacia delante. No tengas miedo de no tener qué comer. Él os ofrecerá lo mejor que tenga en su bolsa, sin reservas. No temas el calor. Él te enviará agua desde terrazas y jardines, para aliviarte.

Él estará con nosotros como siempre lo ha hecho, aunque no nos hayamos dado cuenta. No estamos solos, hay muchos como nosotros, toda una familia, una Iglesia, un Dios.

Ánimo a todos, mucha fuerza para seguir caminando. Tengamos fe, seamos humildes y confiemos en Él. Y sobre todo, amemos con paciencia y sin límites.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Arena fina

Arena fina entre los dedos de los pies. Viento acariciando la palma de la mano. Agua fresca en la cara. Sol ardiente en el brazo. La vida es un regalo.

No, hoy no me he levantado especialmente positivo. Tengo sueño y lo que más me apetece es dormir una siesta olímpica. Pero aun cansado, lo repito y nadie hará que cambie de opinión: la vida es maravillosa.

A veces, en la rutina maquinal del día a día no nos damos cuenta, lo olvidamos. Estamos tan abrumados por problemas y preocupaciones que no vemos más allá. El sol deja de salir. Nadie tiene que soportar una carga tan grande como la nuestra.

En esos días, convendría llevar escrito en la palma de la mano y con letras bien grandes: la vida es felicidad por sí misma. No te desanimes. Sigue. Ánimo. Vive.

De acuerdo, también puede convertirse en un infierno donde una gigantesca ola de fuego, tristeza, problemas y desesperanza se cierne sobre nosotros. No te preocupes. La vida sigue ahí, como una roca que aguanta la embestida.

Cuando viajamos, todo nos asombra, todo nos sorprende. Levantamos la cabeza admirados, con la boca abierta y el corazón desbocado, como los niños cuando exploran el mundo por primera vez. Y entonces volvemos a casa, a lo anodino. Parece muy lejano el día en que visitamos aquel paraíso. Todo ha vuelto a la mediocre normalidad. ¿Por qué? ¿No estamos acaso bajo el mismo cielo? ¿No pisamos la misma tierra?

Vivir como si de un eterno viaje se tratara, como si el camino no tuviera fin, y a cada piedra del sendero asombrarme, y abrir los ojos como platos. Así es como quiero vivir yo.


P.D. Gracias por hacer de este vida algo tan especial.

jueves, 4 de agosto de 2011

¡Basta ya!

Odio: dícese de la antipatía y aversión hacia alguna cosa o persona cuyo mal se desea. Y añado yo: sustancia letal que, mamada desde la cuna, puede llevar al organismo a la muerte más dolorosa.

El Sol abrasa en la ciudad, quema, y convierte en cenizas todo lo que toca. El aire se hace irrespirable. Ya es imposible llenar los pulmones de la fragancia de las plantas, escuchar el murmullo del agua. Sólo queda el grito furioso, irracional y violento. No hay más que saliva llena de odio en el asfalto.

Yo estuve allí. Yo salí a la calle y participé. Yo quería cambiar el mundo, crear un lugar más justo donde las personas sean las que importen, y reinen el respeto, la paz y el amor. Aún lo quiero. Pero no así. No insultando, escupiendo, invadiendo y arrasando como bestias descontroladas. Llevar uniforme no significa dejar de ser humano. Abrir al amanecer una tienda en una céntrica plaza no convierte a nadie en desalmado capitalista. No todos son fieras dirán algunos. ¿Por qué entonces todos se comportan como tales, cortando calles sin respetar a nadie? Como el toro que desorientado arremete en todas direcciones, perdido, y sangrante sin saber bien de dónde le vienen los golpes. La culpa es del diabólico viejo que nos visita con todo pagado dirán otros. Lástima de los que tan perdidos están para hablar así.

¡Basta ya! No más odio. Tristemente en España el odio ha sido por mucho tiempo motor de la historia. Rojos, fascistas, de derechas y de izquierdas. Etiquetas. Casillas impuestas desde la cuna, desde el televisor. Dejemos el odio a un lado. Esa es la única manera de realizar cualquier cambio a largo plazo. Sin odio. ¿Cuál es si no el plan? ¿Imponer reformas a gusto del saltimbanqui de turno que luego serán derogadas y así hasta el fin de los días? ¿Ocupar plazas? ¿Escupir insultos sobre hombres y mujeres que son padres, hijos, hermanos? El odio no conduce sino a más odio, y por ende, a más sufrimiento. ¿Es eso lo que queremos? No. Hay otras formas de actuar y gritar alto claro y con respeto ¡Justicia!

lunes, 1 de agosto de 2011

Silencio

Nunca comprendí todo eso de la vida contemplativa. Recuerdo que en el colegio era de los “rebeldes” que saltaba cuando salía el tema. ¿Qué es eso de contemplativa? Básicamente no hacer nada, ¿no? Rezar y rezar mientras los demás nos matamos a trabajar, mueren niños y la injusticia reina. Pues vaya.

Crecí y, en la adolescencia, los monasterios y los monjes tenían un halo de romanticismo. Caballeros de otro tiempo, olvidados, apartados del mundo, solitarios, en silencio, guardianes de secretos inconfesables. Películas y libros avivaban en mi imaginación la figura del monje retirado y místico.

Lo cierto es que poco se ajustaban estas ideas a la realidad. Bueno, vale, rezan mucho, todo el rato, pero aun así son hombres de su tiempo, y sí, también es verdad que viven aislados y en silencio, pero…es distinto. No como imaginaba. Me explico.

Hace unos días decidí marcharme a un monasterio perdido. Deseaba desconectar, cambiar de aires y aclarar ideas. 

La vida allí no era fácil. Mas bien difícil para el que no está acostumbrado. Todo se organiza en torno a la liturgia de las horas, que empieza a las 5 de la mañana cada día y acaba a las 10 de la noche, hora de acostarse. Entre medias hay tiempo para dormir algo más, trabajar, ocio. La comida era buena, aunque sólo se dedican a ella 20 minutos. Puede parecer una tontería pero para el huésped es difícil comer a tal velocidad.

Además, hay varias normas que han de ser respetadas, en cuanto a horarios, celebraciones, etc.
Personalmente, la que más me impresionó y costó respetar fue la del silencio. No se habla para nada con los monjes. Los saludos se reducen a movimientos de cabeza. 

Lógicamente, al no poder hablar uno pasa las horas meditando, pesando, observando. 

El silencio me marcó sin embargo porque no es un valor en alza actualmente. Cito una reflexión de Ernesto Sabato sobre la soledad, aplicable al silencio: “siempre llevamos una máscara, que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de lo lugares que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que el hombre está entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia” (pág. 73, La resistencia). ¿Cómo huir del silencio cuando sólo hay silencio? Es entonces cuando el hombre se muestra tal y como es, y surgen dos caminos: nuestra conciencia implacable y justa o la Divinidad que perdona y ama. Eso es precisamente la vida contemplativa; contemplar el mundo y la vida y apreciarlos en silencio. Contemplarse uno mismo sin obstáculos ni máscaras. Vivir alegre.

¡Cuántas veces huimos de los problemas, nos refugiamos en el ruido, en el ajetreo escapando de nuestro propio yo! El ruido tampoco tiene por qué ser malo. Es señal de vida al fin y al cabo. El problema es cuando la vida se reduce a ruido solamente.

Quizás no sea una vida “feliz” como las de la tele, pero los monjes son más felices que muchos en su riqueza y orgullo, ruido y prisas. Eso es algo que no cuadraba con mi visión del monje romántico; y es que hay cosas que han de ser vividas para comprenderlas.

jueves, 23 de junio de 2011

Carta a mi propio YO

La vida. Se ha dicho tantísimo sobre ella. Se han escrito tantos ensayos, manuales, tratados...Poca aportación puedo hacer yo, inexperto e ingenuo, sin canas en el pelo (bueno, miento, alguna asoma). Por eso pido a los que busquen algo nuevo que desistan de leer estas líneas. Que no pierdan su tiempo, tan cotizado a día de hoy.

No escribo por cerar, ni por exhibir orgulloso mi trabajo, ni siquiera porque pueda escribir algo interesante o lo que haga pueda ayudar a alguien. No. Escribo para liberarme. Para plasmar sobre el papel la serpiente que me ahoga lentamente, me angustia, me atenaza. Escribo para deshacerme de las cadenas que hacen sangrar mis manos, que impiden a mis pies moverse.

La vida. ¿Y qué se puede decir de ella? Es alegría, sol y luz. Es aroma, sabor, tacto, voz y mirada cristalina. La vida es sonreír, la vida es verdad. El baile y la música son vida. El agua es vida. Los padres son/dan vida por/para sus hijos. Abuelos, nietos, amigos, compañeros y conocidos, y hasta el borde vecino del hurón, todos son vida. Todo es vida y en todo ella está. Pero vivir, sobre todo, es AMAR. Con las cuatro letras. Alto y claro.

Me mentiría a mí mismo, y al pobre que esté aguantando esta tralla, si no admitiera que la vida también puede ser amarga. No siempre es dulce. Nadie dijo que lo fuera. Puede ser dolorosa y mucho. Nos puede faltar el aire, y la vida parece ahogarnos. No todo es felicidad y canciones alegres. También hay lágrimas, tristezas y canciones deprimentes. Es así. Las penas de unos serán superficiales y pasajeras, las de otros profundas y sangrantes. Forman parte de esta historia.

Por ello hay que tener valor, hay que "echarle huevos" a la vida. No se puede vivir a medio gas. El valor, el genuino, no se encuentra en la boca de un león, ni en la montaña rusa más alta del mundo. Que nadie lo busque ahí. El de verdad se encuentra dentro de nosotros. Es la voluntad de luchar hasta el final y no huir, el anhelo de superar los obstáculos, de seguir caminando. Valiente es el que confiesa su pesar a un amigo, admitiendo su vulnerabilidad, su debilidad en un mundo en el que comes o te comen. Valor es atreverse a AMAR, entregándose sin reservas, cerrando los ojos y dando un paso hacia lo desconocido.

Y sin valor no hay nada, ni tan siquiera vida. No hay esperanza, ni fe, ni futuro posible. Todo se reduce a idas y venidas, vueltas sin sentido, angustias y amarguras que nos lastras y asfixian, sonrisas postizas. Sin valor uno mira la vida desde la barrera, se hace viejo y se agrieta, languideciendo como la planta que no tiene agua.

No pretendo dar lecciones de vida a nadie. Me cuesta dármelas a mí mismo. Tampoco quiero que nadie reflexione. No busco ningún fin.

Sólo escribo para liberarme y, en cierto modo, ya lo he conseguido.

miércoles, 18 de mayo de 2011

La semilla de algo nuevo

Soy un ser humano. Soy un ciudadano. Soy un estudiante. Soy un becario. Soy un creyente.

El pasado 15 de mayo, una mezcla de curiosidad, aburrimiento y hartazgo me sacaron de casa, me hicieron ir a Cibeles. No tenía muy claro qué buscaba ni qué esperaba encontrar. Lo que allí ví me creo un sabor agridulce. Por un lado, había mucha gente corriente, curiosa como yo, que se había levantado del sofá harta, indignada. Había parados, jóvenes sin futuro, sin trabajo, familias, niños, abuelos. Había de todo. Por otro lado, había gente de ideas fijas, enarbolando banderas de países inexistentes, de partidos olvidados e ídolos muertos. Estos últimos gritaban, se dejaban la voz, contra mi fe, contra lo más íntimo de mi ser, contra mí. No era una situación agradable y no tarde en marcharme, cabizbajo, decepcionado. Tantas buenas ideas, tantos cambios e ilusiones pisoteados por esos pocos. Lástima de que aquel día me pudiera el desánimo.

Hoy estuve en la Puerta del Sol. Y de repente todo cambió. Es como si algo, un pequeño engranaje dentro de mí, se hubiera movido. Nunca, jamás, en toda mi vida, habían visto mis ojos algo como aquello. Nunca mis oídos escucharon voces como esas. Reunida, en torno a varios círculos, bajo algunas carpas armadas improvisadamente había gente, mucha gente. Muchos seres humanos. Muchos ciudadanos. Muchos estudiantes, becarios, y también creyentes. De todos los colores, de todos los credos. Hablaban jóvenes con viejos, de cambios, de sueños, de realidad y de libertad. Había corros pequeños y otros más grandes en los que la gente se pasaba el micrófono, comentando, opinando. Me recordaba al ágora de Atenas, donde los antiguos griegos conversaban, de política, economía, comercio. La Atenas clásica había revivido en España, en el mismo corazón de mí país.

Ahora soy realmente consciente de lo que esto es. Ahora me doy cuenta de que sí, de que siempre va a haber extremistas y gente que me insulte por lo que soy o lo que creo. Pero eso no me va a detener. Esto es algo más grande, que supera cualquier prejuicio, cualquier odio. Hay que concretar objetivos. Puede que todo acabe en nada. Que no haya servido de nada. Que la policía llegue en una hora y eche a todo el mundo. Fin. Pero yo tendré la conciencia tranquila. Tendré en la mente, la imagen de los debates en la calle, de los abuelos pensionistas hablando con los jóvenes barbudos. Y es que esto es el principio de algo. Es la semilla de algo nuevo. De un mundo en el que las personas sean algo más que su voto o su número de DNI. Es el principio de un mundo humano. De nosotros, y de nadie más, depende conseguirlo.

http://www.youtube.com/watch?v=s-qiF1jLZJ8&fe

Hoy es el tiempo que puede ser mañana.

lunes, 25 de abril de 2011

Respirando hondo

Lo cotidiano agobia. A veces incluso asfixia o ahoga. Da igual que estudies, trabajes o te dediques a otros menesteres. Da igual que vivas en el piso más oscuro del más recóndito rincón de una ciudad o en un inmenso palacio. Los humanos nos hartamos de la rutina. Y necesitamos salir, escapar, respirar.

Madrid es una ciudad grande, a veces, inabarcable. También es una ciudad hermosa. Tiene todo lo que todas las metrópolis del mundo desearían tener: es núcleo de poder y centro de vida con las innumerables tiendas, terrazas y bares, los parques y paseos, los museos, los teatros y cines, los centros comerciales y las zonas de fiesta también. En Madrid hay de todo y para todos. Si, ya sé que no tenemos mar, y es una lástima, pero por lo menos ya tenemos playa. Madrid es único. Pero Madrid también cansa. La contaminación, los coches, el ruido, las aglomeraciones, el estrés...y tantas otras cosas. Por eso, a veces se agradece el airearse.

Por regla general, cuando uno sale del ambiente rutinario, de la cotidianidad, ve el mundo con otros ojos. Todos nuestros problemas desaparecen como por arte de magia. Es como si de repente fuéramos libres y soltáramos las cadenas del "al salir, tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén".

Yo la paz la encuentro en el campo, en los árboles, en el cielo, lejos de la "civilización". Es curioso lo que se siente al reconocer un paisaje familiar. Cuando veo la silueta de las montañas, verdes por esta época del año, es como si se apagara el interruptor de detrás de la oreja. Desaparecen los horarios, las alarmas, los plazos. Nada importa. Sólo estoy yo. Y las montañas. Y la arena bajo mis pies. Es entonces, justo en ese momento cuando respiro profundamente. El sol brilla en lo alto, por entre las nubes, y el viento agita los árboles, y el trigo todavía verde.

 No te ilusiones demasiado. No durará eternamente. ¿Acaso algo lo es? También esto se acabará. Y habrá que volver a la rutina. La tediosa y aburrida rutina. Pero no te preocupes. La rutina tampoco es eterna.

miércoles, 13 de abril de 2011

Tristemente cotidiano

Hay escenas que con sólo verlas una vez se quedan grabadas en la memoria. Impresionan, llaman la atención, no se pueden olvidar y, de hecho, no se olvidan.

Lo ví por primera vez hace 3 o 4 meses, un viernes en el metro, en la línea 5, en la estación de Oporto. Eran las cinco y media de la tarde, hora en la que los vagones suelen ir llenos de madres con niños que acaban de salir del colegio. Muchos, la gran mayoría, no suelen ser españoles. Van cargados con mochilas enormes, casi más grandes que ellos. Sus madres les dan la merienda.

La policía les espera a la entrada de la estación. Basta con no cumplir requisitos tan simples como el de la piel para que les paren. Les pedirán los papeles. Algunos policías incluso sonreirán con ironía. ¿Se les puede culpar a ellos por cumplir órdenes? Sinceramente, no lo sé. 

Las madres, con los niños de la mano, lloran. Marcan histéricamente un número en el móvil como si eso les pudiera salvar. No, no hay modo de escapar. 

Y así cada dos o tres semanas, en la misma estación, en el mismo recodo. Poco a poco me voy acostumbrando. Lo que antes me llamaba la atención y me sorprendía se ha convertido ahora en algo cotidiano.

lunes, 21 de marzo de 2011

A veces llega un momento en que te haces viejo de repente...

Antes de nada, me gustaría pedir disculpas por no actualizar este blog desde hace tanto tiempo. Para ser exactos, desde el pasado 2010...Hay veces que uno se embarca en tantas cosas que no tiene tiempo para todo y lo va dejando. Sin embargo, hoy escribo aquí con el firme propósito de ser más regular. Veremos si lo puedo cumplir o se queda sólo en bonitas intenciones.

Hoy comenzaré a escribir un "nuevo" tipo de artículos. No me centraré tanto en la obra concreta de un pensador, ni en la figura de un filósofo determinado. Escribiré sobre la filosofía del día a día, la que rumiamos en nuestra cabeza sin darnos cuenta. Con esto no quiero decir que vaya a dejar de escribir entradas como las de antes, ni tampoco es mi intención despreciar a los grandes por ser "demasiado" filósofos. Todo lo contrario. Tenemos mucho que aprender de ellos, y nos asombraría la de cosas que podemos sacar de desempolvar esos libros abandonados de un rincón de la biblioteca.

El tema del que hoy hablaré no es muy primaveral si he de ser sincero: se trata de la nostalgia. Quizás lo habreís deducido del título de la famosa canción.
A este sentimiento se le puede denominar de distintas maneras: nostalgia, morriña, añoranza, o, si nos queremos poner más dramáticos, pesadumbre, pena, melancolía. Veamos primero la etimología de la palabra nostalgia; viene, como no, del griego, de νόστος "regreso" y ἄλγος "dolor".

La nostalgia, por lo tanto, genera dolor y malestar, como una gripe o cualquier otra enfermedad. Los síntomas de esta afección pueden ser muy diversos y dependen de la persona que la padezca: miradas melancólicas, mutismo, búsqueda de la soledad, tristeza que borda lo empalagoso e historias, historias y muchas, muchas anécdotas.

Las causas de la nostalgia pueden ser varias. No obstante, siempre tienen una misma fuente: los recuerdos. Una canción, una palabra, una foto, un gesto o un simple plato de comida pueden desencadenar en nosotros una reacción impresionante. ¿Quién, viviendo lejos de casa, no ha sentido nostalgia por los suyos, por su tierra, por su cama, y hasta por el vecino que siempre fue un mal grano en el...? ¿Quién no ha experimentado tristeza al oír una canción que relacionamos con un momento concreto o con una persona especial? Las montañas, el mar, los árboles, sus ojos, las sonrisas, la luz...y otras tantas cosas que me dejo en el tintero. La nostalgia se nutre de los recuerdos de algo que considerábamos mejor. Por ello es inevitable que en determinados momentos uno sienta nostalgia. Como por ejemplo, al cumplir años. Al cumplir años rememoramos lo que hicimos este año, lo que hemos visto, sentido y oído, cómo han cambiado las cosas...

Y bien, algunos me preguntarán, ¿Ángel y después de toda esta charla, hay alguna solución, algún antibiótico que funcione de verdad? Sí, lo hay, o por lo menos creo haberlo encontrado aunque sus efectos sean temporales. Sólo hay que inyectarse una enzima de futuro. Y es que cumplir años no sólo es momento de recordar, sino de pensar en el futuro también, en los proyectos, en los viajes, en las personas que conoceremos....hay tanto, tanto por lo que cumplir años.

Sin embargo, he de ser sincero y disuadirte lector de ser demasiado optimista, de caer en ninguna adicción. Tendrás momentos de futuro y momentos de pasado. Y para eso no hay medicina que valga. Sólo se puede aceptar que la vida es así. Los humanos somos así.

P.D. ADVERTENCIA DEL MÉDICO: Los tratamientos recomendados en este artículo no tienen ninguna validez sin conocer el historial del paciente. Si desea ser diagnosticado acuda al ambulatorio más cercano.